JUNO & BLEEKER

"Sólo me gusta ser una pequeña pieza en tu extraña vida."
Juno McGuff - Juno
20DST


MI PADRE, LA MOTO Y EL CONTRABAJO

- ¿Qué estás haciendo?
- Un cabujón de ágata. Pensaba hacer un colgante con él, pero estoy pensando que igual queda mejor engarzado en un anillo de plata. ¿Qué te parece?
- Parece un huevo. Oye, necesito que dejes eso un momento y te pongas con este encargo. A mi se me han roto las patillas de éste pendiente y tengo que volver a empezarlo. Devasta y pule esta aguamarina, ¿Vale? Necesito seis caras bien definidas.
- Está bien.

(Enciendo mi máquina de trabajo. No hay hilo musical en la tienda. Necesito estar atenta al sonido del motor para saber si estoy trabajando correctamente. Mi padre se dirige a su mesa, se coloca las gafas de aumento y empieza a estudiar el pendiente y las posibles soluciones para su arreglo.)


- ¿Sabes? He pensado en sacarme el permiso de conducir. El de moto, claro está. De dos y medio.

- ¿Y para qué?
- Para poner a punto la Kawasaki y poder cogerla.
- ¿Y a dónde vas a ir?
- Podríamos ir al circuito de Jerez. Cuando era pequeña me prometiste que iríamos juntos. Que iríamos en moto, por carretera. Y que allí, acamparíamos el fin de semana, durante el circuito. En un camping de moteros. Eso me prometiste, ¿Recuerdas? 
- Y no tan pequeña tú prometiste que me ibas a regalar un bajo acústico sin trastes por mi cumpleaños. ¿Recuerdas? 

(Hago memoria. Está en lo cierto, aunque hacía mucho tiempo que lo había olvidado. Paro el motor, cambio de disco. Enciendo el motor, sigo trabajando.) 


- Oye, papá; ¿Me enseñarás a tocar Jazz? 

- Tú ya sabes tocar Jazz. 
- Pero con el contrabajo. 
- ¿Quieres aprender a tocar el contrabajo? 
- Ahá… 
- Pues ya sabes, en casa tienes dos bajos. Sólo tienes que ponerte. 
- Yo quiero aprender a tocar el contrabajo. 
- Primero se empieza con el bajo... Por cierto, ¿Cómo va eso? 
- Bien, ya he cambiado de disco. ¿Y para aprender a tocar, compraremos un contrabajo? Uno barato. 
- Aún tengo uno en Sevilla. Se lo presté a un colega hará quince años. Hace poco, a través de Facebook encontré a un amigo de este colega. A ver si hablando con él localizo al que tiene mi contrabajo y hacemos un viaje a Sevilla a buscarlo. 
- ¿Sin avisar? ¿En plan mafia? ¿Presentándonos en su casa? 
- Podemos intentarlo por las buenas. Si no, siempre se puede ir en plan mafia. 
- Si no fuese por el viaje de vuelta. Podríamos ir en moto. 

(Levanto la pieza de aguamarina del plato, la seco con un paño. Observo el resultado que estoy obteniendo. Mi padre se levanta y se sitúa a mis espaldas.) 


- ¿Me dejas verlo? Ya casi está. Yo que tú ponía el disco de prepulido ya y no perdía más tiempo con eso. Por esta esquina no te preocupes, ahora te digo como arreglarlo, tiene truco. Luego te lo enseño. 

- De acuerdo. Oye papá, ¿Crees que iremos a Jerez este año? En moto me refiero, llevando yo la Kawasaki. 
- Para poder llevar la moto, deberías saber montar en moto. 
- Por eso te he dicho que quería aprender antes, sacarme el permiso. Para que vayamos los dos juntos, tú con la Honda, yo con la Kawa. Hasta jerez, en carretera. 
- Ese viaje lo hice yo con tu madre cuando éramos jóvenes. Ahora, no se si ya estoy mayor para un viaje largo y pesado. 
- ¿Insinúas que deberíamos ir ambos en una misma moto? 
- Si. Podría ser. 
- ¿Quién conduciría? 
- Podríamos ir turnando. Los viajes largos en moto, son cansados. Te advierto. 

(Paro el motor. Seco la piedra con un pañuelo. Miro la hora. Faltan diez minutos para el cierre de medio día. No tengo ganas de seguir trabajando.) 


 - Papá. Me duele la muñeca, creo que me la he abierto. Estoy haciendo mucha presión, y tantos movimientos en círculos… 

- Es normal. 
- También me duele cuando toco el bajo. 
- Eso es porque no estás acostumbrada. 
- Era muy pequeña, ¿No? Cuando vendiste el contrabajo. Recuerdo que me gustaba más que el piano. Quería tocarlo. 
- Querías romperlo. 
- ¿Cómo? 
- Siempre lo estabas rondando. Querías tocarlo, y lo toqueteabas todo el día. Yo tenía miedo de que se te cayera encima y se rompiera. 
- ¿Temías por mí o por el contrabajo? 
- Por ambos. (Miro hacia mi padre, está concentrado en su trabajo. Enciendo el motor de nuevo, y sigo su ejemplo de constancia.) 
 - Ahora que estoy aprendiendo tanto de joyería, cuando tenga el permiso de dos y medio y aprenda a tocar el contrabajo, seré casi como tú. 
- También se de dibujo arqueológico, topografía, ilustración y fotografía. 
- Me gustaría ser como tú… ¿Tú no te admiras? 
- ¿Admirarme, yo? Qué preguntas más raras haces. Yo sencillamente paso. 
- ¿No te gustas? 
- No me doy asco. 
- Yo creo que no podría tener un padre mejor. 
- Podrías tener uno al que no se le rompieran las patillas de los pendientes que está arreglando, ¿No crees?. 
Musa de la Glíptica

Una mañana de trabajo.

Nunca antes había sentido tanta fascinación por alguien. 
La expresión "Nunca antes" había resultado ser toda una vida. Te Quiero.




CHRISTIAN & SATINE

"Lo más grande que te puede suceder es que ames y seas correspondido"
Christian - Moulin Rouge
10DST

DOMINGO DE RAMOS

Domingo de Ramos; domingo al fin y al cabo. Hoy hace una semana desde que decidiste desaparecer de mi vida, y en cambio no hay forma de hacerte desaparecer de mi mente. 

Esta mañana, nada más de regresar de sacar a mi perro a la calle para que hiciera sus necesidades matinales, me he puesto un disco de meditación. Pensé que quizás esto podría ayudarme a recomponerme. Dicho ejercicio consiste en seguir mentalmente las instrucciones de una voz femenina que te explica cómo un rayo de luz blanca se cuela en tu cuerpo a través de tu cabeza y va descendiendo empujando así todos tus males hasta que desaparecen, expulsados fuera de tu cuerpo, a través de la planta de los pies. Con dos cojones. Y tú repites; “Yo siento la Paz… Yo siento la Paz… Yo tengo la Paz… Yo tengo la Paz… Yo soy la Paz… Yo soy la Paz…”. A los diez minutos he tenido que dejar de sentir, tener y ser la Paz para salir de mi habitación y cerrar todas las ventanas de mi casa para dejar de escuchar la puñetera Semana Santa. Es lo que tiene vivir en el centro de una ciudad Andaluza; chuparte todo el jolgorio, incluido el religioso. He reanudado la sesión y he deseado que dicha pausa no interviniera en mi ejercicio de relajación. El resto de la hora lo he pasado sin poder concentrarme; pensando en si debería haber empezado la meditación desde el principio tras el parón o si repetir el ejercicio conociendo ya el comienzo me haría perder el interés y por tanto no lo estaría realizando correctamente. Así pues, me he dado cuenta de que por mucho que lo hubiera deseado, sí: Dicha pausa me había perjudicado en mi ejercicio de relajación al no haber hecho otra cosa que pensar en ella.

Después he terminado de cambiar la distribución de mi cuarto; tarea que había comenzado el día anterior – Ayer, sábado – al haberme percatado de que durante los últimos meses había estado durmiendo mirando hacia el norte. Me pregunté si mi suerte hubiera sido otra de haber cambiado mi cama antes, si tú aún seguirías conmigo si todos estos meses hubiera dormido mirando al sur. Probablemente no, pero bueno; pero por si acaso y por renovar, ahora descanso en dirección Sureste, que según el Feng Shui me va a venir de puta madre.

¿Sabes? Desde que te fuiste tengo una extraña fijación por empezar de cero; he cambiado mi Facebook, mi DNI, mi cuarto… Y hasta mi look. No me maquillo, no me peino, no me arreglo; llevo toda una semana vistiendo chandal o pijama. De hecho, es el primer fin de semana que paso entero en pijama. Me pregunto por qué la acción – Deambular sin rumbo por casa con zapatillas de peluche, pijama y bata se asigna a una personalidad depresiva, con lo cómoda que está una en zapatillas de peluche, pijama y bata deambulando, quejándose y llorando por las esquinas. Jodidos prejuicios.

He cogido mi guitarra y he tocado cuatro de los seis acordes que he aprendido a lo largo de esta semana. Sí, estoy aprendiendo a tocar la guitarra, que por cierto – la he llamado Ilargia. Tú te marchas y yo te sustituyo por una caja de madera con seis cuerdas con la que puedo reproducir sonidos tan desagradables como tu ausencia.

El resto de la mañana la he pasado viendo la televisión alemana. Con “alemana” me refiero al canal, no a la marca, por mucho que la comprara en el Lydl. La marca la desconozco, pero probablemente sea de fabricación Coreana, China, Taiwanesa o de cualquiera de esos países donde sus habitantes miran así, como sospechando. Pues bien; he mirado el televisor, con un montón de personitas que hablaban en una lengua extraña durante todo un programa y dos películas. Pensé que podía enriquecerme culturalmente y aprender el idioma, pero sinceramente no me he enterado de nada, con lo cual tan solo he enriquecido mi cuerpo con las calorías que no he gastado el tiempo que he estado tumbada.

Me han llamado mis amigos; Carmen y Eugenio. Hoy había una exposición en un bar que tú no conoces que se llama “Come Discos”, que está donde estaba el antiguo “Drunk-O-Rama”, bar en el que estuve hace mucho tiempo con tu hermana, pero que desconozco si te llegué a llevar a ti alguna vez o si alguna vez estuviste con otra gente. Pero no he ido. No he ido porque probablemente estaría lleno de gente desprendiendo alegría, porque en una inauguración de una exposición siempre va a haber gente alegre que bromean, se divierten y se emborrachan. Eso en las exposiciones que se hacen aquí en los bares de Málaga. Luego están las exposiciones que aparecen en las películas, en las galerías de Manhattan; allí hay gente elegante, guapa y sofisticada – con comentarios ingeniosos y facilidad para ligar y enamorarse en una primera cita con otra gente elegante, guapa y sofisticada.

Lo que no se ven en las inauguraciones ya sean de Málaga o Manhattan es gente que el día anterior parecía estar bien comprando en el Supermercado, hasta que echa a llorar cuando va a escoger la fruta. Sorprendiéndose a sí misma y a cuantos la rodean, secándose las lágrimas en el pasillo de los congelados deseando no haber sido vista por su madre que anda sumergida en la lista de la compra o el encargado de seguridad que me persigue descaradamente por todo el local porque voy vestida con un chandal.

Así pues he pasado la tarde pintando muebles de color turquesa, que es lo único que no me recuerda a ti, porque que yo sepa es mi color favorito y no el tuyo. Y como no me has llamado en todos estos días, ni me has contestado ninguno de mis WhasApps, dudo que ahora lo hagas para informarme de algo que me haga odiar el color turquesa; y si lo haces; mereces morir, porque he estado utilizando la técnica de pintura a la tiza e Annie Sloan: Chalk Paint que está muy de moda y no es nada económica – además que a parte de la lata de pintura, hay que comprar el Furniture Wax, y el Crackle Glace; que lo dice el dueño de la tienda y yo le he hecho caso vaya a ser que por un producto más o un producto menos vayamos a liarla.

Cuando entraba en mi habitación pensando en la reinserción de los muebles recién pintados me he quedado mirando mis maniquíes de madera para dibujo, encarcelados en la jaula de mi fallecido agapornis, pensando algo que me dijo mi madre cuando entró en mi cuarto y se encontró con semejante cuadro ayer sábado; Que parecía una escultura digna de exponerse en ARCO Y que qué pena el no vivir en Madrid o en Manhattan para exponer mis muñecos de madera encarcelados en una jaula de pájaro en una galería de arte contemporáneo y tener facilidad para ligar y enamorarme en una primera cita con gente elegante, guapa y sofisticada.

Y esta noche, regresando de sacar a mi perro a la calle para que hiciera sus últimas necesidades, al encontrarme con el comienzo de Semana santa en mi barrio he tardado tres cuartos de hora en lo que normalmente me lleva un solo minuto. He maldecido la hora en la que me vine a vivir al centro histórico y pensé que iba a morir en el trayecto.

Entonces he imaginado mi muerte, cruzando la carretera, recién caída la noche atropellada por un camión cargada de electrodomésticos de fabricación alemana. Entonces veo como un enorme rayo de luz blanca entra por mi cabeza arrastrando todos los males, los bienes, mis vísceras y tus recuerdos fuera de mi cuerpo, y siento, tengo y soy la Paz. Pienso en mi muerte sintiendo que igual la merezco, por haberte deseado muerto en el hipotético caso de que me llamases para hacerme algún comentario que me hiciera odiar mi color favorito. Todo esto lo he imaginado y obviamente no ha ocurrido; pues este relato es autobiográfico, pero de no haberlo sido digo yo que no es un mal final al fin y al cabo.

Si me preguntases cómo estoy, te diría que bien; aunque se que no vas a preguntármelo porque has decidido no dar señales de vida. Que digo yo que ya podrías haberme bloqueado al menos por WhatsApp, no que tengo que ver a qué horas te has conectado y no has contestado porque no te ha dado la gana. Es posible que desde fuera parezca que estoy un poco perturbada, así que dejaré los muebles quietos y la meditación a parte el próximo fin de semana; me quitaré el pijama, me colocaré el chandal y saldré ha hacer deporte, pasear mi perro por la playa o seguir aprendiendo a tocar la guitarra.

Tan solo un domingo; Pero Domingo de Ramos. Hoy hace una semana desde que desapareciste de mi vida y en cambio lo último que querría es que también desaparecieras de mi mente. 
Musa de la Glíptica

NERVIOS

Pensé volver a mirar la hora en aquella diminuta pantalla digitalizada perteneciente a mi teléfono móvil. Hubiera deseado tener una de esas antiguallas para honrar esa clase de momentos; aquellos olvidados relojes de bolsillo que hubieran marcado con la característica imprecisión de agujas y tuercas los minutos más inolvidables de mi vida de estudiante en plenas vacaciones de Julio. Levanté la mirada de aquel pequeño ejemplo de la rapidez con la que se desarrollan las tecnologías y me quede fijamente observando a través del espejo la blancura de mi atuendo. Me quedé absorta siguiendo las líneas que se dibujaban sobre la tela formando infinidad de arrugas, algunas iban hacia abajo… Otras hacia arriba, hasta que el reflejo de mi mirada me hizo recordar que a pesar del gesto no había llegado a comprobar la hora exacta. Por la cantidad de luz que podía notarse a través del cristal de la ventana debían ser las siete, más solo tenía que pulsar el botón de mi celular y volver a mirar; Esta vez con la concentración necesaria como para poder asimilar la información. Quince minutos retrasaron mi vaticinio. Llegué a la conclusión de que me sentía algo abstraída y conocía la razón. Eran nervios. Me pregunté por última vez antes de encaminarme hacia la Estación de Muelle Heredia si realmente merecía la pena intentarlo. Probablemente no.

La lógica nunca fue mi punto fuerte. Me encontré al cabo de unos minutos sentada en uno de los afelpados asientos del Ciento sesenta jugueteando con el teclado, decidiendo marcar su número o no. Seis… Siete… Cero… No. Mejor será que no.


Mitad de trayecto. Me comportaba como si aún tuviera que tomar una decisión. La realidad es injusta; Yo ya estaba en aquel asiento; Bastante confortable para tratarse de un vehículo público en el cual se viaja rodeada de gente mayor luciendo cabelleras blancas. Sentí un cosquilleo entre las piernas al pensar de nuevo en la llamada… Seis, siete, cero… Quizás quiera dejarme las canas cuando sea mayor. Tan solo tengo que mirar a mi alrededor para darme cuenta de que hay gente a la que le sienta bastante mejor de lo que una se puede llegar a… “¡Eyh!… Si, vuelvo a ser yo. Estoy en camino. ¿Dónde tengo que bajarme?”


Compruebo a través de la ventana mi ubicación. Me consume el impulso, pues tan solo queda una parada más (Siempre y cuando alguien decida subirse o bajarse) y tras esta tendrá lugar el fin de mi trayectoria. Me empiezan a atacarlos nervios. Se trata de mi destino; La cala del moral. Cualquiera podría creer que es la primera vez que visito este lugar, pero no. Me intento tranquilizar haciéndome a la idea de que sólo son nervios. Pienso en mi imagen actual, con mis vaqueros desgastados, mi top blanco y mis complementos cuidadosamente elegidos al azar. Y pensar que hace nada pensaba en dejarme canas... Empieza a frenar. Nervios. Me tengo que levantar de mi asiento; Aquí, delante de todos estos ancianos. Nervios. ¿Me estará observando alguien? ¿Se darán cuenta de que tiemblo? Nervios. Debo bajar del autobús. Nervios. Creo… Creo… Creo que me voy a desmayar…


Sigo en pie y bastante compuesta, salvo que ahora estoy fuera del autobús y veo cómo este arranca de nuevo abandonándome a mi suerte en la solitaria parada. Aquí no hay nadie. Ni si quiera los ancianos han bajado para hacerme hacen compañía. Al menos alguno podría haberme perseguido como si se tratara de carne fresca. ¿Y éste hombre? ¿Dónde está?


Durante medio minuto mi mente se ha disipado dejándome un enorme vacío blanco en el interior del cráneo. Despierto de este incierto sueño mirándome los pies y sacando el teléfono móvil de mi bolsillo izquierdo. Antes de marcar cualquier tecla y provocar la iluminación de la pantalla que tan bien logra captar mi atención lanzo una última mirada a mis alrededores. Izquierda; Por donde he llegado. Derecha; Por donde ha desaparecido el autobús, y la acera de Enfrente, que se comunica con mi ubicación a través de un paso de peatones por el cual de vez en cuando circula algún tipo de ente terrestre.


Me pregunto si el marcar de nuevo su número puede dar de mí la imagen de una persona impaciente. Por el contrario, podría llamar tan solo para preguntar a dónde debo dirigirme. Observo como esos hombrecillos de los semáforos se intercalan de vez en cuando, el hombre verde de piernas abiertas, contra el señor rojo de hombros anchos. Uno u otro, pero nunca los dos a la vez. Nervios. Como intentar que dos personas que han quedado lleguen a la vez. Uno ha de ser el primero y el otro admitirá el último puesto. Uno u otro, pero nunca los dos a la vez.


Ahí está. Ha llegado por la acera de enfrente y me espera al otro lado de la calzada. Nervios. Semáforo en rojo. Mientras tanto, sonríe bonita… Pero no tanto, que pareces lerda. Nervios. El semáforo continúa en rojo, ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Tan solo cinco segundos? Nervios. Es él y también te ha reconocido a tí. Nervios. Creo… Creo… Creo que me voy a desmayar…

Musa de la Glíptica

No se desmayó. Ni en aquel momento ni en ningún otro hasta la fecha.

CAPICÚO

La tecla de llamada pulsada. Tú a mi otro lado de la calzada. El TIC de un reloj que proviene de tú derecha junto al pestañeo de mi propia mirada. Un muñeco luminoso rojo se muestra estático en el semáforo. Esas rayas blancas intercaladas en la calzada. El sonido de los motores invadiendo la calle…

Silencio. El mundo cambia.


… Un nuevo sonido invade la calle, son pisadas de los peatones en esas rayas negras intercaladas en la calzada. Un muñeco luminoso verde simula andar en el semáforo. Se vislumbra el pestañeo de tú mirada a la par del TAC de un reloj que se sitúa a mi izquierda. Yo a tu otro lado de la calzada. Rápidamente cancelar la llamada.



Musa de la Glíptica

No es más que la espera de dos personas que se citan en un semáforo. La vida cambia. Al amanecer no se conocían y al caer la noche ya se amaban.Me despido como siempre con Besitos de colores, para los pocos que leyeron.

FOLLARSE A LAS MENTES

"¿Que de qué sexo sea? En realidad me da igual, es lo que menos me importa. Me puede gustar un hombre tanto como una mujer. El placer no está en follar, es igual que con las drogas. A mi no me atrae un buen culo, un par de tetas o una polla así de gorda. Bueno... no es que no me atraigan...¡Claro que me atraen! ¡Me encantan! Pero... no me seducen... Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve y que vale la pena conocer... Conocer, o ser, dominar a la mirada, la mente Hache.
Yo hago el amor con las mentes, ¡Hay que follarse a las mentes!"



Dante - Martín Hache

Aveces una mente se te adelanta a expresar lo que uno desearía, y aunque se haga con otro estilo y utilizando diferentes palabras, el mensaje es el mismo. He aquí parte de un diálogo de la película Martín Hache. Película que recomiendo.

SILHOUETTE

Resulta imposible conciliar el sueño con ésta lluvia golpeando sobre los ennegrecidos cristales de la ventana. ¿Qué hora es? Las cuatro. Tan solo hace dos horas que volvimos de aquella descorazonadora celebración de bodas.

Aquel al que amo duerme apaciblemente a escasos milímetros de mi rostro, aún así, la oscuridad me impide verlo. Realizo el esfuerzo de levantarme sin despertarlo, aunque debido a los grados de alcohol sumados con el cansancio que arrastra todo su ser dudo que aún siendo brusca pueda perturbar su reposo.


Me desenvuelvo de las sábanas que nos cubren y trato de arropar su cuerpo con sumo cuidado. Busco a tientas en el suelo entre nuestras prendas el abrigo de cuero aún mojado. No lo encuentro, quizás deba encender el flexo.


Mi respiración se ve entrecortada al escuchar el “crack” generado por el muelle de la cama. Tranquila, sigue durmiendo. Para mi sorpresa en el suelo solo encuentro mi vestido y los pantalones de su traje de chaqueta. Mi abrigo no. Mi abrigo ocupa su lugar en el perchero.


Descalza y en ropa interior recorro con sigilo, a oscuras todo el pasillo. Parece increíble que no sienta la humedad calándose en mis huesos durante ésta tormentosa noche de Septiembre dónde el tiempo decidió cambiar repentinamente. Saco del bolsillo interno aquella cajetilla de puritos un tanto arrugada a la cual nos convidaron durante el banquete. Un presente para celebrarlo ¿No? Vaya una forma de matarnos.


Me acomodo en el sillón de la salita y situando el cenicero sobre mi regazo trato de encender el primero de aquellos gruesos cigarros. El mechero no funciona, debía suponerlo. Por suerte encuentro otro a mano sobre la mesilla. Enciendo con facilidad el puro y aspiro aquel veneno.


Inclino mi cuerpo lo suficiente como para visualizar a través de las numerosas puertas abiertas mi dormitorio, en él, sobre la cama, bajo las sábanas, el cuerpo de mi ángel (Borracho, pero ángel al fin y al cabo) descansando. La luz de un rayo desvía mi atención hacia la ventana, pocos segundos después se manifiesta su sonido. Vaya una noche tronada.


Expulso suavemente todo el humo de mi garganta creando psicodélicas formas grises en el aire. Imagino que se tratan de pensamientos. Deben de ser tan difusos. Medito sobre mis deseos. Tan solo existen dos respuestas a aquella cuestión que me lleva horas rondando la cabeza. El problema es que son extremadamente opuestas. Juego a intentar ver ambas en consonancia.


Supongamos que una respuesta es representada por el habano que sujeto en mi mano. Supongamos que la otra alternativa es el gotelé de la pared que hay justo detrás de éste. Intento enfocar con mis ojos ambas cosas a la vez. O se trata de un hecho imposible o el sueño ha decidido acompañarme a estas alturas de la madrugada. Quizás deba probar mañana.


Parece ser que la lluvia ha cesado. Todo hubiera quedado en silencio de no ser por el “Tic” de un interruptor. Proviene de mi dormitorio. Mi cuerpo de nuevo inclinado lo suficiente encuentra vislumbrar a través de las anteriormente mencionadas puertas la silueta a contra luz de quien, despierto se recorre el pasillo con la intención de llegar a mi encuentro.


Anhelo que no me mire. Pero tampoco hago nada por evitarlo. Tengo la piel amoratada por el frío y llevo toda la noche llorando. Horrible ¿Verdad? Sin embargo el se sitúa en mí, envolviéndome con sus brazos. Mmm… Qué desahogo. El amor hace milagros.



Musa de la Glíptica 



No podía dormir anoche. Yo también tengo mis dudas... Hasta que logre resolverlas, me despediré siempre con Besitos de colores.

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